Otro de los aprendizajes que nos toca a todos es aprender a envejecer con dignidad. A veces me miro en el espejo y me pregunto a dónde fue esa chica que me miraba desde el otro lado hace apenas unos años... Me cuesta dar la bienvenida a esta mujer que veo ahora cada día frente a mi, pero cada arruga me recuerda que estoy viva y que he empezado una nueva etapa que será muy larga, afortunadamente. He decidido que no voy a usar ni bótox ni nada que se le parezca, que envejeceré con dignidad y sobretodo, sin engañar a nadie y mucho menos a mi misma.
Hace unos días, al mirar algunas fotografías del año pasado y otras un poco más lejanas, me di cuenta de que esto de avanzar en la década de los 40 era cada día más duro al enfrentarme al espejo. Cada mañana creía que me encontraría con la misma cara de siempre, pero no es así, mi cara va cambiando. Al principio fue como traspasar un abismo. Pero de a poco esa nueva fisonomía que se esforzaba por sonreírme se volvió habitual y se ha transformado en una amiga que me mira con cariño. Y yo también me quiero más que antes, me mimo más e intento proteger a esa Marisol que nunca crece. La abrazo fuertemente y le transmito esa seguridad que ahora siento, que por fin ahora siento y le digo: Sigo siendo la misma de hace 20 años, un poco menos ágil, pero tan apasionada, curiosa e ingenua como siempre. Porque a pesar de todo la vida continúa sorprendiéndome gratamente como cuando buscaba hormigas en un hormiguero en la acequia que pasaba por la puerta de mi casa.
Es inevitable el paso del tiempo por nuestra cara, por nuestro cuerpo. Los cambios son inevitables, los mejores maestros de la vida y también perversos, a veces, si se quiere, en su versión negativa
(si es que la tienen, aunque juro que yo nunca la he visto, para mi todos los cambios son positivos: si puedo cambiar es porque estoy viva y nada es más positivo que seguir viva y seguir aprendiendo), pero nada, absolutamente nada es comparable a al triunfo de aceptarnos tal cual somos, sin engaños y a corazón abierto.